Mi hijo jugó pocos minutos… ¿qué le digo?

Lo que los padres necesitan entender sobre los minutos en cancha

Terminó el partido. Tu hijo sale de la cancha serio. Quizá está molesto, frustrado o simplemente no quiere hablar. Entrenó durante toda la semana, esperaba jugar más y, finalmente, jugó poco o quizá no jugó.

Como padres, es normal que aparezcan preguntas:

¿Por qué jugó tan poco? ¿El entrenador no confía en él? ¡Es injusto! ¿Qué debería decirle ahora?

Sin embargo, ese momento que parece únicamente una frustración deportiva puede convertirse, si sabemos acompañarlo, en una importante experiencia de aprendizaje emocional y deportivo.

Primero está la persona, después el jugador

Cuando un chico juega pocos minutos puede experimentar tristeza, enojo, vergüenza o frustración. Por eso, al terminar el partido, probablemente no necesite inmediatamente un análisis técnico.

Antes de preguntarle por qué perdió un balón, por qué falló, recordarle lo que hizo mal o cuestionar una decisión del entrenador, podemos comenzar con algo mucho más sencillo:

“¿Cómo te sientes?”

Si responde: “Estoy enojado porque no jugué”, podemos reconocerlo:

“Entiendo. Seguramente querías jugar más.”

Validar su emoción no significa decirle que tiene razón en todo. Significa reconocer lo que siente y darle espacio para expresarlo.

Después habrá tiempo para hablar de baloncesto.

Jugar menos no significa valer menos

Este es probablemente uno de los mensajes más importantes que podemos transmitir.

Los minutos que un jugador recibe durante un partido no determinan su valor como persona ni definen todo su potencial deportivo.

Puede estar progresando y todavía necesitar desarrollar aspectos técnicos, físicos, tácticos o emocionales antes de afrontar determinadas responsabilidades en competencia.

Y existe otra realidad que debemos aprender a abordar con naturalidad:

Puede haber compañeros que hoy estén mejor preparados.

Decirlo no disminuye a nuestro hijo.

En un equipo existen diferentes niveles de desarrollo, determinados por aspectos como la capacidad física, técnica, táctica y el rendimiento. En determinado momento, otro jugador puede estar mejor preparado para resolver una situación específica del juego.

Eso no significa que nuestro hijo sea malo. Mucho menos que no pueda alcanzar o superar ese nivel.

La diferencia está en cómo interpretamos esa realidad.

En lugar de alimentar la pregunta:

“¿Por qué juega él y yo no?”

Hay que construir otra:

“¿Qué necesito mejorar para estar preparado cuando llegue mi oportunidad?”

Ahí cambia completamente la perspectiva.

Dejamos de mirar aquello que no controlamos —los minutos del compañero o las decisiones del entrenador— y empezamos a concentrarnos en lo que sí depende del jugador:

esfuerzo, actitud, disciplina, entrenamiento y aprendizaje.

Formativo no significa que competir deje de importar

El deporte formativo debe enseñar, generar oportunidades, permitir equivocarse y respetar los diferentes ritmos de desarrollo.

Pero existe una idea que también debemos comprender:

Formativo no significa ausencia de competencia.

Los niños entrenan para jugar. Y cuando juegan, quieren ganar.

Aprender a competir de manera saludable también forma parte de su educación deportiva.

Y aquí aparece una realidad que conocemos quienes estamos dentro de una cancha:

Hay partidos y partidos.

No es igual un encuentro con una diferencia amplia en el marcador que uno empatado a falta de dos minutos.

Hay partidos que permiten mayores rotaciones, probar jugadores, cometer errores y acumular experiencia.

Pero existen otros en los que el rival, el marcador o el momento hacen que el margen de error sea mínimo.

Una pérdida, un rebote que perdemos o una mala decisión pueden cambiar el partido.

En esos momentos, el entrenador probablemente recurrirá a los jugadores que considera mejor preparados para responder a las necesidades específicas del juego.

Esto no necesariamente significa favoritismo ni que los demás jugadores estén descartados.

Significa que el contexto competitivo también condiciona las decisiones del entrenador.

Formar y competir no deberían ser enemigos. Bien gestionada, la competencia también enseña a prepararse, esperar una oportunidad, reconocer el mérito de otros, tolerar la frustración y trabajar para mejorar.

La banca también enseña

Aquí aparece otra idea que muchas veces olvidamos:

Estar en la banca no significa estar fuera del partido.

Muchas veces podemos aprender muchísimo observando.

Desde afuera, un jugador puede identificar situaciones que dentro de la cancha —por la velocidad, la presión y la emoción del juego— resultan más difíciles de percibir.

Puede observar cómo está defendiendo el rival.

Dónde aparecen los espacios.

Qué jugador está generando ventajas.

Qué está funcionando.

Qué está pidiendo el entrenador.

Y, especialmente, qué está haciendo el compañero que juega en su misma posición.

En lugar de sentarse frustrado esperando que digan su nombre, puede aprender a preguntarse:

¿Qué está pasando en el partido?

¿Qué puedo aprender de quien está jugando en mi posición?

¿Qué necesita mi equipo?

¿Qué puedo hacer mejor cuando me toque entrar?

Ese cambio es enorme.

El jugador deja de ser un espectador frustrado y empieza a leer el juego, anticiparse y prepararse para su oportunidad.

Porque cuando finalmente el entrenador diga su nombre, no se trata simplemente de entrar a la cancha.

Se trata de entrar entendiendo qué necesita el partido.

La banca no siempre significa esperar. También puede significar observar, aprender y prepararse.

Cuidado con convertir al entrenador en el enemigo

Cuando nuestro hijo está frustrado, nuestro instinto puede llevarnos rápidamente a buscar un responsable:

“Siempre juegan los mismos”.

“Tú eres mejor que él”.

“El entrenador no te valora”.

“Deberías haber jugado más”.

¿Los entrenadores nos equivocamos? Por supuesto. Una decisión técnica también puede ser discutible.

Pero desacreditar constantemente al entrenador frente al jugador puede producir un efecto peligroso.

El joven puede construir una explicación demasiado sencilla:

“No juego porque el entrenador tiene algo contra mí.”

Y entonces desaparece una pregunta mucho más poderosa:

“¿Qué puedo hacer yo para mejorar?”

Conforme aumenta la edad del deportista, incluso sería positivo que sea él mismo quien se acerque al entrenador y pregunte:

“Coach, ¿qué necesito mejorar para tener más oportunidades?”

Esa pregunta cambia una reclamación por un objetivo.

Entonces… ¿qué le digo después del partido?

No necesitamos un gran discurso.

Podemos empezar escuchando y, cuando sea el momento adecuado, utilizar preguntas sencillas:

“¿Cómo te sentiste?”

“¿Qué viste desde la banca?”

“¿Qué crees que hiciste bien cuando entraste?”

“¿Qué podrías mejorar?”

“¿Qué puedes hacer desde el próximo entrenamiento para estar más preparado?”

Fíjate en algo importante: ninguna de estas preguntas promete más minutos.

Lo que hacen es devolverle a tu hij@ aquello que realmente puede controlar: su respuesta ante la situación.

Nuestro papel como adultos no debería ser eliminar cada dificultad de su camino.

Debería ser acompañarlo para que aprenda a enfrentarla.

Los minutos de hoy no definen su mañana

Jugar pocos minutos puede doler, especialmente cuando existe ilusión y deseo de competir.

Debemos reconocer esa emoción.

Pero tampoco necesitamos convertir automáticamente cada minuto no jugado en una injusticia.

A veces habrá compañeros mejor preparados.

Habrá partidos que permitan mayores rotaciones y otros en los que el margen de error será mínimo.

Habrá momentos para jugar, momentos para esperar y también momentos para observar y aprender.

Todo forma parte del proceso.

Los minutos de hoy no determinan el jugador que será mañana. Son una fotografía de su momento deportivo, no una realidad sobre su capacidad.

Quizá entonces nuestro objetivo como padres no debería ser conseguir que nunca experimente la frustración de estar en la banca.

Podemos ayudarlo a transformar:

“¿Por qué no me pusieron?”

en:

“¿Qué puedo aprender mientras espero?”

y, finalmente, en:

“¿Qué puedo hacer para estar mejor preparado cuando llegue mi oportunidad?”

Porque en el deporte, como en la vida:

Una oportunidad no siempre se reclama; muchas veces también se observa, se trabaja y se construye.



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